En los periódicos vienen dos estampas del presidente del Gobierno, señor Zapatero, durante la última reunión de dirigentes de la Unión Europea. En una de ellas puede vérsele detrás del presidente de Francia, Jacques Chirac, al que le coloca las palmas de las manos sobre los hombros, de la misma forma en que hacíamos los escolares cuando nos alineábamos para posar en la fotografía oficial del curso. Y en la otra se le puede apreciar con una cierta cara de asombro, mientras es abrazado y besado efusivamente en la mejilla por el presidente de Italia, Silvio Berlusconi. En el primer caso, la expresión del señor Zapatero denota una cierta confianza en la solidez de los hombros del jefe del Estado francés. Pero, en el segundo, se aprecia en sus ojos un expresivo brillo de cautela. El beso arrebatado del político italiano puede ser percibido como una demostración de cariño, o como una advertencia. En cambio, la cara de Berlusconi no se ve y sólo podemos observar la parte posterior del cráneo, sometido recientemente a una repoblación artificial del cabello, que infelizmente no tapa del todo la devastada coronilla. Del conjunto apenas sobresalen unas enormes orejas, cuyo tamaño no tiene pinta de haber sido reformado en la última operación de cirugía estética a que fue sometido. Ser apretado, en esa manera compulsiva, contra la piel y el pelo de un hombre que ha pasado por el quirófano para transformar su apariencia, debe de producir la misma aprensión psicológica que se puede experimentar al besar unos labios hinchados con silicona. Teníamos la idea de que los hombres públicos tenían a gala dejar que su cara quedase expuesta a la erosión del tiempo y del poder, hasta que hemos sabido de los sucesivos estiramientos del señor Berlusconi. En cualquier caso, nos alegramos de comprobar que, al cabo de más de un año en el Gobierno, nuestro presidente apenas ha sufrido el inevitable deterioro físico que se abate sobre todos los que desempeñan ese cometido. Se aprecia ..

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