Una vocación que se impuso al prejuicioJorge Armando Sosa padece ceguera de nacimiento, es misionero y tiene 51 años. Superó todos los obstáculos y alcanzó a recibirse de Maestro de Música e integrar la Banda Sinfónica de Ciegos de la Ciudad de Buenos Aires, única en el mundo.

Ver "Los ciegos pueden ver en los sueños?" La pregunta le provocó una carcajada que terminó por alborotar la clase. No era para menos. Se trataba de una treintena de alumnos de segundo grado que, luego de ver una dibujada sonrisa en la cara de su maestro, entraron en confianza. Pero él volvió a tomar el control del aula y nada lo inhibió a responder: "el ciego no tiene imágenes pero sueña lo que percibe".

Jorge Armando Sosa padece ceguera de nacimiento, es misionero y tiene 51 años, en tanto desde hace 36 vive en la Provincia de Buenos Aires con su esposa Marta y su hijo Ezequiel.

Aunque asegura que la tierra colorada corre por sus venas, allá encontró el amor y descubrió su vocación. Lo particular de su historia es que la ceguera no le impidió jamás concretar sus mayores anhelos: ser músico, profesor y hasta casarse con su propia maestra de braille.

Si bien comenzó la escuela primaria recién a los 19 años, su fuerza de voluntad desafió el tiempo cronológico y una vez finalizados los estudios básicos inició el secundario. Ya cuando cumplió 30 pasó a integrar la Banda Sinfónica de Ciegos que depende de la Secretaría de Cultura de Presidencia de la Nación. Su título de Maestro de Música también le permite enseñar en la Escuela N° 37 de Capital Federal.

"De la nada un día tuve todo junto. Me embarqué en muchas cosas a la vez", cuenta Jorge, quien después de muchos años ha cambiado, sólo un poco, su acento regional por el porteño. En su hablar cotidiano, dice, trata de mantenerse al margen del yeísmo, sin embargo su voz delata la mixtura.

Pese a su obstinada modestia, el hombre se erige como un ejemplo de lucha incansable contra los prejuicios y la discriminación. Y, hoy, comunicación telefónica de por medio decidió contar su experiencia al mundo.

Sólo tenía 10 años cuando sus padres decidieron cambiar su lugar de residencia. Viajaron a Buenos Aires en busca de una solución para la enfermedad del niño que cada día se acostumbraba más a vivir en la oscuridad. "Nos trasladamos porque no existían escuelas para ciegos en Misiones", señaló.

Ya en la gran ciudad, no hubo clínica u hospital que hubiese quedado al margen de su itinerario. Con 15 años fue sometido a su primera cirugía para recuperar, al menos, una visión mínima. "Me operaron de cataratas en el hospital Pirovano de Capital Federal. Pero después tenía que hacer ejercicios y yo no abría los ojos, los cerraba cada vez más. Un día el médico que me operó me pregunta: 'estás interesado en ver', yo le respondo: Después de tanto sacrificio que hicieron mis viejos sí me interesa", relató.

La respuesta de Jorge dejó en evidencia que nada de lo que hiciera sería por él sino para no desilusionar a sus padres. El doctor no insistió en la terapia de recuperación y le aconsejó que se contactara con una escuela de ciegos. Allí comenzó su odisea...

"Pasa que lo mío no tiene cura, tengo atrofia del nervio óptico... Además cuando uno está acostumbrado a vivir así no se imagina el mundo de otra manera. Es así, lo que no conocés no te gusta. Igual, no me hizo falta. Mi vida normal es esa, sin la vista. No es la misma situación de alguien que antes veía y que quedó ciego por un accidente que la vida de alguien que jamás vio".

"Uno de los temas fundamentales es la discriminación para cualquier discapacidad. Después de haberme recibido comencé a trabajar en una escuela especial y también quise hacer mi experiencia en escuela común y eso fue una constante de discriminaciones. Consulté con un gremio que me acompañó en la lucha, así comencé a trabajar en Capital Federal en una escuela común, donde hubo una menor resistencia porque existe la ley 24.531 que establece un cupo obligatorio de personas discapacitadas que deben desempeñarse en la institución".

Pero la discapacidad no fue su único obstáculo, también lo fue el idioma. Es que al comenzar sus estudios solo hablaba portuñol, una mezcla de castellano y portugués propia de la frontera con la costa brasileña.

Parecía que la vida de Jorge estaba desbordada de responsabilidades que debía enfrentarlas solo, hasta que un día llegó el amor y convirtió su rutina en una verdadera aventura.

El -por entonces- joven debía viajar desde San Martín hasta Capital Federal para tomar sus clases en la Escuela de Ciegos, su ceguera lo hacía extremadamente dependiente de su familia hasta que su maestra de braille Marta Vespertino se ofreció a llevarlo a casa todos los días. Esos viajes posibilitaron una amistad que devino en enamoramiento y que alcanzó a consolidar una familia que lleva unida ya 20 años, la edad de Ezequiel su único hijo.

"Fue amor a primera vista - se ríe de sí mismo- por supuesto que no de mi parte, pero creo que ella se habrá enamorado a primera vista. En todo caso fue una atracción mutua".

A todos los reconoce por la voz y los evalúa por su desempeño en clase con el mismo rigor que lo hiciera un docente vidente. Su inalterable devoción por la música lo hace acreedor de la admiración y el respeto de los alumnos y colegas.

Jorge Sosa, es maestro de Música de 600 estudiantes que van desde primero hasta séptimo grado de la Escuela N° 37 de Capital Federal.

Hace unos meses la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires lanzó un concurso denominado “Al Mejor Maestro del Año” que convocaba a cada establecimiento a elegir a su personalidad destacada. De 50 docentes y por decisión unánime, Jorge resultó ganador del reconocimiento simbólico.

“Mi relación con los chicos es muy buena. Es más fácil la relación con ellos que con las personas grandes porque no tienen el mismo prejuicio que los adultas... su sinceridad conmueve mucho más “.

“En las primeras clases siempre doy una explicación de cómo se mueve un ciego y me expongo a todas las preguntas que se les ocurra. Es un riesgo (se ríe)... después sí comienzo con el programa. Me gusta proponer cosas, ellos por ejemplo escriben la letras y yo les propongo la música y luego comienza la clase normal, yo tiendo a enseñar música con instrumentos y la voz. Trato de no usar el pizarrón, en realidad lo uso en contadas oportunidades, no por mi dificultad sino porque elijo otra cosa. Es una cuestión modalidad de enseñanza”.

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