Cirugía de Ojos. Cirugia láser ocular.
Argentina: El huracán Cristina...
Larraquy sostiene que, “de acá a dos años, su estrategia es todavía difícil de descifrar. Pese a los votos, no es una ‘candidata natural' para la Presidencia en el 2007, a menos que logre un acuerdo político con su marido. Pero lo más probable es pensar que acompañe el proyecto de reelección de su esposo –quien no parece tener contendientes visibles porque la oposición está fragmentada–, y construya el propio para el siguiente periodo electoral. Pero es prematuro. En la actual coyuntura, su rol de ‘espada' para malherir al duhaldismo lo cumplió a la perfección. Y esa victoria política tendrá permanencia en la medida que la gestión de su esposo no se desborde por la inflación y logre mayores índices de inversión para fortalecer el proceso económico. La cuestión política –el dominio interno del peronismo– está más controlada”, afirma.
“En la política nunca hay que creérsela, porque nadie es eterno”, dijo Cristina poco después que el aluvión de votos de la provincia de Buenos Aires la ratificó como senadora nacional, un cargo que ya ostentaba pero por la patagónica provincia de Santa Cruz, de donde es oriundo su marido.
Kirchner puso a su reina en el tablero más difícil del país, donde vive un tercio del electorado, para “barrer” el poder interno de los Duhalde y adueñarse así del partido peronista. Su oficialista Frente para la Victoria –en la práctica una línea interna que se separó del partido para la ocasión– compitió y venció en la mayoría del país --con 40.1% de los votos totales de la nación--, dejando en un lejano tercer lugar al Partido Justicialista no alineado con la pareja presidencial, que sólo obtuvo un magro 11.2%. Segunda fue la Unión Cívica Radical (UCR), con 13.8%, que aun así perdió varios senadores y diputados, que pasaron a manos kirchneristas, mientras se lame las heridas dejadas tras la huida desordenada del expresidente Fernando de la Rúa durante la crisis de 2001.
“La idea es barrer al duhaldismo”, dijo a la prensa argentina un exultante subsecretario de la Presidencia, Carlos Kunkel. La escoba nueva la acaba de comprar Cristina Fernández de Kirchner, la primera dama o “primera ciudadana”, como le gusta más definirse desde que su marido accedió a la Presidencia el 25 de mayo de 2003. Ese día Kirchner asumió el puesto con el escaso margen de 22% de respaldo popular tras la salida apresurada de Carlos Menem del balotaje ante el peso de las encuestas que le vaticinaban una histórica derrota. Hoy, tras el paso del “huracán Cristina”, Kirchner afrontará sus dos últimos años de gestión manejando el Senado a su antojo y contando con la primera minoría de diputados, y con un poder suficiente para imponer su propio proyecto político y económico del sector más progresista, o de centro-izquierda, del peronismo. Aunque en el poder suelen abrevar oportunistas que se alinean con quien sostenga la vara del partido de acuerdo con sus conveniencias. Y de eso, el peronismo conoce muchas historias.
¿Qué tienen en común Marta Sahagún de Fox y Cristina Fernández de Kirchner? Ambas son primeras damas, las mujeres más poderosas de sus países y admiran a Eva Perón, la segunda esposa del general Juan Perón, conocida en Argentina como “la abanderada de los humildes”. Y ambas comparten sin querer a una misma biógrafa, la periodista argentina Olga Wornat. Con una salvedad: a una, el libro La jefa le significó un gran dolor de cabeza y una ofensiva judicial después que se señaló a sus hijos de enriquecimiento ilícito, entre otras cosas; a la otra, el libro Reina Cristina le sentó mucho mejor, la dejó bien parada y, más allá de pintarla como una mujer soberbia y arrogante, no desnudó ningún punto oscuro en su ya extensa carrera política.
Esta vez Wornat no tuvo que preocuparse por los hijos de una primera dama: del varón, Máximo, de 28 años, dice que no concluyó su carrera de abogacía y prefirió quedarse en la Patagonia con su novia cuidando los negocios de la familia; y de la mujer, Florencia, de dulces 15 años, sólo dijo que es la “luz de sus ojos” (de su madre, claro).
En el libro la periodista aclara de entrada que es “diferente a los anteriores (…) No se trata de una denuncia de corrupción, abusos o escándalos; tampoco de una descripción de las conductas privadas impúdicas de funcionarios públicos”.
Por haber compartido militancia en los años setenta con los Kirchner en la Universidad de La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires, Wornat aclara desde el comienzo que “escribir sobre una mujer que se conoce” desde la adolescencia “puede parecer sencillo pero no lo es. No soy objetiva, porque la objetividad en el periodismo no existe, y el que lo afirma, miente”, asegura.
Cristina Elisabet Fernández nació en La Plata, un año después de la muerte de Eva Perón, tiene 52 años y es “hincha” del club Gimnasia y Esgrima de esa ciudad. Su madre es peronista y su padre, ya fallecido, era radical. Nacida en un hogar de clase media, esta mujer “creyente pero no fanática” llegó a codearse con la sociedad platense desde el exclusivo Jockey Club. Empezó a militar en el peronismo de joven y conoció a su marido (quien la cortejó un día en que estaba “muy borracho”, según confesó) durante su militancia universitaria. Y fue una excelente estudiante de abogacía desde la primera hasta la última materia.
El libro de Wornat la define en sus primeros años de militancia peronista como una adolescente que “era pura rebeldía” y que “aparecía impecable, maquillada como una modelo y vestida a la última moda” en una época en que la buena apariencia no se llevaba bien con la lucha política dentro del peronismo.
Luego, con la llegada de la dictadura y la muerte o desaparición de numerosos de sus compañeros de militancia, se mudó con su marido a Santa Cruz, donde la pareja se instaló a vivir, montó un estudio jurídico y edificó su familia. Los enemigos estaban al acecho y el estudio sufrió dos atentados con bombas, el segundo acabó incendiándolo todo. Su fortuna llegaría después junto con un proyecto político que primero llevó a su marido a la alcaldía de Río Gallegos y a ella a una diputación provincial, y luego le catapultó a él a la gobernación provincial y a ella a una senaduría nacional.
“En el Senado, su búnker, es más temida que amada. Igual sucede entre sus empleados y asesores. Así como puede ser cálida con un par, con alguien a quien no respeta intelectualmente puede ser impiadosa y despectiva. Los que trabajan con ella, en voz baja, le dicen La patrona”, escribe Wornat en su libro.
Dicen que no tiene amigas, pero sí muchos enemigos, especialmente dentro de su propio partido. Le temen (jamás da por concluida una discusión si cree tener la razón, aseguran quienes la sufrieron en las reuniones de comisiones en el Senado) pero jamás se le involucró en un escándalo.
Cristina acompañó siempre a su marido. Fue también diputada nacional y constituyente en la asamblea que reformó la Carta Magna en 1995. “Es ciclotímica, vehemente, generosa, difícil, arrogante, vanidosa, fóbica, implacable, compasiva y fiel. Muy fiel a Néstor Kirchner, su marido y compañero”, recrea la periodista.
Los buenos contactos de la familia Kirchner los sacaron de prisión y evitaron que la futura pareja presidencial siguiera el mismo destino de 30 mil de sus compatriotas desaparecidos. “Vámonos del país, por favor. Nos van a destrozar a todos”, le dijo Cristina a su esposo tras salir de prisión, según su biógrafa.
Dice sin pudor que admira a la exprimera dama y actual senadora estadunidense Hillary Clinton, y el propio George W. Bush la llenó de halagos cuando se conocieron en Washington: “Aquí viene la senadora más linda del mundo”, llegó a decir de ella.
Sus críticos la azuzan desde el lado más frívolo: su ropa, su maquillaje, sus joyas. Como le sucedió a Evita. Siempre está impecablemente vestida por los mejores diseñadores del país, “pintada como una puerta”, como a ella le gusta admitir y hasta llegó a ostentar en su muñeca izquierda un reloj Rolex Oyster Perpetual Datajust con cuadrante de diamantes. Su valor, una verdadera bicoca: 20 mil dólares estadunidenses. Y todo en un país donde, según cifras oficiales, 38% de la población es pobre, aunque este índice haya bajado 17 puntos desde que su marido llegó al poder tras la crisis de diciembre de 2001.
“¿Qué mujer no tiene pasión por las joyas, la ropa, las carteras y los zapatos? ¿A quién de nosotras no le gusta estar linda, seducir al marido, al amante, al novio? Siempre fui así: me pinté como una puerta, nunca salí a la calle sin arreglarme, soy una mujer, ¿no? Puedo bañarme, vestirme, estar divina y no por eso ser menos eficiente en la política”, dijo Cristina Fernández a Wornat en uno de los encuentros que sirvieron de base al libro.
La coquetería de la primera dama es tal que, tras sufrir un gravísimo accidente automovilístico en 1982 en Río Gallegos, del que se salvó de milagro, le pidió al médico un espejo. “Parecía muerta, te juro. Cuando estaba en la sala de operaciones del hospital, toda destruida, lo único que dije fue: ‘tráiganme un espejo, quiero un espejo'. Qué loca, el médico no entendía de qué le hablaba. Yo lo único que quería ver era cómo me quedó mi cara y me había salvado de casualidad”, le confió a su biógrafa. De ese accidente le quedó una pequeña cicatriz que jura se la hará remover con cirugía plástica cuando su marido deje de ser presidente.
“Me parece que hay un sector que intenta hacerme parecer diferente y frívola a partir de que mi marido es presidente. Algo ridículo. ¿Sabes qué revela esto? Un grado de misoginia y discriminación hacia la mujer bastante grandes”, dijo.
Se cuida. Y mucho. Al levantarse desayuna frutas y realiza largas caminatas por la residencia de Olivos, en la rica periferia norte de Buenos Aires. Practica gimnasia y hace poco recuperó el mismo talle que lucía en su juventud. Lo que no es poco para una mujer de 52 años. Las crónicas de chismes aseguran que tiene varias cirugías encima.
“Las mujeres que tenemos pensamiento propio no somos inteligentes, somos hijas de puta, brujas, malditas, locas, inmanejables. Esa es la desvalorización permanente de la mujer. Si es demasiado fuerte, dicen ‘qué carácter'”, afirma.
No da entrevistas. Le tiene fobia a los periodistas. Y fue expulsada del bloque de senadores de su partido en 1997 por no acatar la orden partidaria en una votación en la que no estaba de acuerdo. “Su discurso puede ser muy agresivo y golpea en el lugar exacto. Muchos diputados le tenían pánico, es tremenda si te ponés de enemigo”, dijo de ella el gobernador de la provincia patagónica de Chubut, el peronista Mario das Neves.
Dicen los que la conocen que es la persona que más influye en las decisiones de su marido. Se llaman cinco veces al día para consultarse, aunque las decisiones finales quedan a cuenta del jefe de la familia y presidente de los argentinos, según sus allegados.
“Cristina es la dama o la reina de un tablero de ajedrez en el que Néstor (Kirchner) es el rey”, le dijo a su biógrafa su antiguo asesor Tito Plaza. Los últimos años de la década de los noventa y principios de 2000 se dedicó junto a su marido a organizar una corriente antimenemista, y no dudó en pactar con el duhaldismo para llegar a imponer la candidatura de su marido a la Presidencia.
“El peronismo es un movimiento que proclama la lealtad como principio de acción política pero, desde su gestación, es un movimiento de lealtades resbaladizas y efímeras. Sólo se es leal a quien concentra el poder. Kirchner no fue ‘leal' a Duhalde, que lo ungió como candidato presidencial, aunque tampoco se esperaba que lo fuese”, dice Marcelo Larraquy en su entrevista con .
“La ‘lealtad' de Kirchner hacia Duhalde estaba sustentada por el poder político que retenía Duhalde; en la medida que Kirchner construyera un poder político propio, dejaría de ser ‘rehén', o poseedor de un poder delegado. En ese proceso de construcción, la ‘lealtad' hacia Duhalde iría en franco deterioro”, agrega.
Hoy, dos años después de ese pacto con Duhalde, Cristina fue la lanza que apuñaló el poder del caudillo bonaerense. “Ni siquiera durante los diez años de Presidencia de Menem, Duhalde había permitido la interferencia de otro liderazgo que no fuese el suyo en ese distrito”, dice Larraquy.
La “era K”, como se la conoce en un país que se empeña en abreviar la historia, está en pleno apogeo en la Argentina.
“Son una sociedad político-amorosa casi perfecta. Las cartas más valiosas de un mismo mazo apostando a ganador, tanto en la familia como en los negocios y la política”, se deslumbró su biógrafa.
This is cache, read story here
