María Salomé Figueroa fue parte de la primera delegación de chilenos que viajó a Barquisimeto a operarse de la vista como parte de un programa gratuito entre Cuba y Venezuela. Al contrario de sus compatriotas, llegó peor de como se fue. “No veo absolutamente nada”, dice. La ministra de Salud aclaró que la patología que se fue a tratar la mujer está cubierta por el Plan AUGE, pero buscar soluciones en el extranjero “es un problema de cada persona”.

“Me encandilé”. María Salomé Figueroa lo reconoce. La posibilidad de mejorar la visión de su único ojo bueno, darle un portazo a la discriminación y un inminente trabajo a la vuelta de la esquina no la dejaron pensar con claridad. Por eso, cuando quedó entre el centenar de chilenos que viajaría con todo pagado a Venezuela a operarse su catarata, no podía más de felicidad. “Me ilusioné desde el momento en que salí de mi casa”, dice.

La maravillosa oportunidad se la daba Misión Milagro, el programa solidario que permite que personas con patologías oftalmológicas accedan a una intervención quirúrgica -para combatir las patologías de cataratas y pterigion (una carnosidad que sale en los ojos)- sin costo alguno tras un acuerdo entre Cuba y Venezuela y que se propone operar a seis millones de latinoamericanos en los próximos diez años.

-como se describe- y viviendo de “hacer favores”, era una opción única. “Sí, y lo digo sin vergüenza, vivía de favores. Por ejemplo, una amiga me decía ‘anda a pagarme las cuentas, y yo iba y me daba una platita”.

La posibilidad de mejorar la visión le abriría otras puertas. “Me han discriminado por el tema de la vista laboralmente. De hecho, tenía un ofrecimiento para trabajar si hacía un curso de informática con mi ojito bueno más un lente apoyador”. Pero eso quedó en nada.

María Salomé acudió a una evaluación con los especialistas venezolanos encargados de seleccionar a quienes viajaban. “Salí bien. No soy diabética, no sufro de hipertensión. Estaba todo en orden”, cuenta. Asegura que los médicos, al revisarla, le dijeron que iba a quedar bien de su ojo derecho. No es lo que argumentó el embajador Víctor Delgado, quien explicó que era posible detener el deterioro en el ojo, pero nunca se le prometió a la mujer que iba a recuperar totalmente la visión de su ojo dañado. Ella no le da crédito a esa versión.

“Ahora que reflexiono, me parece que esa revisión no fue exhaustiva. Mi catarata es demasiado avanzada, de hecho, ellos tenían que haber prevenido el tema. Trataron mi problema como una catarata común y corriente pese a que yo llevaba mi diagnóstico hecho acá en Chile”, dice María Salomé.

La mujer tomó el avión el 29 de abril. El 1 de mayo se realizó los exámenes de rigor en el Hospital Central Antonio María Pineda de la ciudad de Barquisimeto, en Venezuela, y dos días después fue intervenida. María Salomé dice que no temía a la operación, que se trataba de una intervención ambulatoria con anestesia local. “Pero yo sentí toda la operación”, dice. “Sentí cómo cortaban las carnosidades. La anestesia no me hizo efecto. Yo le dije al doctora Myriam Hernández que me dolía y ella me dijo que me mantuviera callada. Pero la noté nerviosa”, asegura.

“Yo también sentí los cortes, pero no sé… no me pareció raro”, agrega María Leal, de 61 años, otra de las personas que viajó en la primera delegación de chilenos. Su caso es distinto. “Lo mío salió todo bien. Por suerte. Del ciento y tanto que fuimos, fue a una a la que le pasó. ¡Cómo va a ser tanta la mala suerte! Yo le diría a la gente que vaya. ¿Si yo iría de nuevo? No sé... estoy indecisa”.

A su compatriota, en cambio, las cosas le seguían yendo a negro. “Después de la operación, me pasaron a una camilla y al tiro me dejaron en una silla de ruedas. Ahí me sentí mal. Muy mal. No me acuerdo muy bien de nada. Fueron como cuatro días que no recuerdo nada. Lo único que sé es que tenía mangueras por todos lados. Pensé que me moría. Incluso, mis compañeros chilenos saben que estuve mal”.

¿Qué salió mal? La doctora Oriele Núñez, quien acompañó a la delegación chilena a Venezuela, asegura que María Salomé no prestó colaboración durante la cirugía, que estaba agitada y ansiosa. “Me echaron la culpa a mí”, se defiende la paciente. “El problema fue que sufrí un alza de presión ocular. Pero eso se debe a algo que ellos no se percataron. En cambio, me dijeron que se debía a un movimiento involuntario del ojo y que yo no había colaborado”.

De la cirujano que la operó, Myriam Hernández, la mujer dice que nunca más supo. “Si yo soy médico, opero a una paciente y sale mal, mínimo es que siga tratándola. Pero ella nunca más se acercó a mí. Ni a verme ni a preguntarme cómo estaba”. Tan mal salió todo que mientras sus compatriotas estaban a los diez días en Chile, ella se quedó hospitalizada por cerca de un mes por nuevas complicaciones y hemorragias.

Los doctores venezolanos le dijeron que con el tiempo iba a ver luces, sombras y bultos. “Pero no he visto nada. Sólo una lucecitas”, dice la mujer. Agrega que el viernes fue a un instituto especializado en oftalmología y el doctor que la vio, que prefiere no nombrar, le dijo que eso no mejoraría de aquí en adelante. “Usted no va a ver más de lo que ve ahora”, le comentó. Sin anestesia.

“Estoy muy arrepentida”, reflexiona la mujer. “Lo que pasa es que me encandilé. Me ofrecieron un viaje y una operación gratis. Allá la atención fue muy buena. Pero eso no me sirvió de nada”.

A raíz del caso de María Salomé, la ministra de Salud, Soledad Barría, comentó la situación de los chilenos que fueron a Venezuela en busca de soluciones que están a su alcance en el país. “Nosotros no encontramos una razón sanitaria para salir al extranjero, pero evidentemente cada persona es libre de tomar las decisiones que estime conveniente. Incluso estamos propiciando una ley de derechos de las personas en su atención de salud, y fomentamos la autonomía de la gente y si alguien quiere salir fuera del país con lo que cree que es necesario para su salud, es un problema de cada persona”. De hecho, agregó la ministra, las cataratas están cubiertas por el Plan AUGE y en un año de funcionamiento de esta fórmula hay más de 22 mil personas que han podido tener acceso a las atenciones por esa patología, y de esas, hay 16 mil que ya están operadas al interior del sistema público.

Para empeorar el escenario, María Salomé siente que al llegar a Chile la dejaron botada. “Cuando todavía estábamos allá, el embajador me prometió que veríamos distintas opiniones, que nunca me iban a dejar sola, que me darían una oferta para una ayuda mensual. Me pareció una persona seria y transparente. Pero el cambio fue radical cuando llegué a Chile. Desde que llegué, jamás vino un médico venezolano a verme”. La desazón se transforma en rabia y habla de hacer justicia. No de indemnización. De resarcir los daños. Por eso, dice que, aunque no ha tomado la determinación, no desecha la opción de presentar acciones legales. “¿Demandar a la embajada? Espero no llegar a eso. Pero no lo descarto”.

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