El próximo sábado, es decir pasado mañana, justo a las siete de la mañana, según mi acta de nacimiento cumpliré esa edad. .

¡¡¡Noooooooooo, qué horror!!! Me parece imposible. Juro que no he vivido tanto tiempo. Si parece que fue ayer, que hice mi Primera Comunión. ¿A poco fue hace tantos años? Pero si todavía tengo presentísimo lo que le pedí ese día al Niño Jesús: Nunca llegar a vieja.

¿Por qué aunque una no quiera se tienen que cumplir años a fuerza? Si hubiera sido por mí, hubiera dejado de cumplir hace por lo menos 20 años, entonces tenía 40, y no es por nada, pero estaba hecha un verdadero ¡bombón!

¡Qué injusto es el tiempo! Si pudiera hablar con él, le pediría cuentas, y le preguntaría por qué diablos es tan implacable, especialmente, con las personas que tanto le temen. Lástima que no lo conozco, de lo contrario, ya le hubiera pedido una cita urgente. El que sí lo conocía de maravilla, es el Sombrerero, personaje de Alicia en el País de las Maravillas, y de su secuela, A través del espejo, de Lewis Carroll. En el capítulo "Una merienda de locos" del primer libro, el Sombrerero le dice a Alicia, que no hay que matar el tiempo porque es todo un personaje. También le comenta que si tuviera buenas relaciones con él, podría hacer todo lo que deseara con su reloj. "Por ejemplo, supón que son las nueve de la mañana, justo la hora de empezar las clases, pues no tendrías más que susurrarle al Tiempo tu deseo y el Tiempo en un abrir y cerrar de ojos haría girar las agujas de tu reloj. ¡La una y media! ¡Hora de comer!"

¿Acaso mi problema se debe a que no me he llevado bien con el tiempo, y por esa razón el próximo sábado cumpliré toda esa bola de años? ¿Cuántas veces lo habré matado en todas esas décadas, sin haberme dado cuenta? ¿Cuántas veces lo habré perdido sin haber tenido la precaución de ir a buscarlo? Y, ¿cuántas veces lo habré ignorado, pensando que siempre estaría allí, para girar las agujas de mi reloj a mi gusto? Ahora, me temo que ya sea demasiado tarde para resucitarlo, o por lo menos para rescatarlo. ¡Qué absurda... Tantos años transcurridos, sin jamás caer en la cuenta de que había que hacerse amiga del tiempo. Too late is too late, me dice una vocecita bilingüe. ¿Y si le mando un mensaje y le pido disculpas? "Querido Tiempo: Ruego disculpe mi falta de consideración, al no haber establecido anteriormente una amistad con un personaje tan importante como lo es usted. Créame que lo lamento desde lo más profundo de mi corazón. A partir de ahora estoy dispuesta a convertirme en su mejor amiga. Ya nunca más osaré 'perderlo', ni mucho menos 'matarlo'. Al contrario, aprenderé a atesorar cada minuto que tenga a bien regalarme, a lo largo de los años que me faltan por vivir, lo cual, seguramente, me llevará a vivir con mucho más intensidad el ahora, el hoy, en otras palabras, el presente. No obstante lo anterior, deseo agradecerle todas las horas, días, semanas, meses, y años, que me ha ofrecido con tanta generosidad. Dicho lo anterior, no obstante le digo con todo respeto, que me parece usted un poquito inflexible e inexorable. ¿Por qué haberme hecho cumplir tantos años en un lapso tan corto? ¿Por qué haber permitido que se me hayan acumulado hasta sumar 60? ¿No le parece un poco incorrecto de su parte? No, no es un reproche, es solamente una reflexión de una mujer que siempre ha odiado cumplir años? Sí, don Tiempo, le confieso que estoy aterrada de llegar a esa edad. Créame que nunca de los nuncas imaginé que llegaría a ser una mujer de 60 años tan rápido. Como regalo de 'incumpleaños', como diría Humpty Dumpty, en Alicia en el País de las Maravillas, porque como él mismo explicaba, que las estadísticas probaban que solamente se tiene un cumpleaños una vez al año, pero que sin embargo existían 364 incumpleaños, uno por día. ¿Me permitiría, entonces, girar las agujas de mi reloj personal por lo menos 10 años atrás? Es nada más una década, una década chiquita. Usted que es todopoderoso, mucho más importante que el dinero y que todo el poder del mundo, ¿me haría usted este favor? Sin más por el momento, su segura servidora, G.L.".

Si pudiera, algo como lo anterior le escribiría al Tiempo. Pero temo que ya es demasiado tarde. Además, ni sé dónde vive, ni conozco su correo electrónico, ni tampoco su número de teléfono. ¿A quién podría pedirle sus datos? ¿A Stephen Hawking? ¿A Albert Einstein? ¿A Renato Leduc? ¿A Marcel Proust? Ay, no, qué complicado porque muchos de estos personajes ya están muertos. Ni modo. No tengo otra, más que armarme de valor, y asumir todos esos años como parte de mi edad.

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