Edmundo Desnoes (La Habana, 1930) acaba de presentar en Sevilla la edición española de Memorias del subdesarrollo (Mono Azul editora). Publicada por primera vez en 1967, en ella se basó la película homónima de Tomás Gutiérrez Alea, coautor con Desnoes del guión.

Autor también de No hay problema, El cataclismo, Punto de vista y América Latina, Desnoes vivió en Cuba hasta 1979, y en Nueva York desde entonces. Tras 22 años de exilio, volvió en 2003 a La Habana ("la única ciudad del mundo que ha envejecido conmigo, a diferencia de otras ciudades mitológicas en las que han crecido nuevos órganos y que han sufrido cirugía plástica") como jurado del premio Casa de las Américas.

A fines de 2006 aparecerá, también bajo el sello Mono Azul, Memorias del desarrollo, protagonizada por Sergio, el mismo de Memorias del subdesarrollo, quien, ya de regreso, cuenta en su haber, quizás, con menos dudas, pero con idéntico escepticismo.

Desnoes, de paso por la Feria del Libro de Sevilla (España), conversó con Encuentro en la Red.

Quisiera mantener la ambigüedad… Hoy la novela podría leerse en la sociedad anegada por el consumo, como la voz impotente de un misántropo, de un narrador neurótico. Y en Cuba, se podría leer ahora como la conciencia lúcida de un personaje mortal, sumido en el placer de la agonía.

La revolución, como tú bien dices, es autoritaria y opresiva, pero no creo que esté menos condenada por la historia que el amistoso y cordial Imperio norteamericano. Imperio que me acogió y del cual soy ciudadano. He vivido la intensa profundidad de la revolución y he vivido la banalidad superficial del consumismo. Ni renuncio a la revolución, ni renuncio a los pequeños placeres del consumismo. Vivo en un puente porque el abrazo de la revolución casi me asfixia.

Continúa la ambigüedad… Me siento, sinceramente, sorprendido por la comparación —especialmente al verme junto a Carpentier—. Existe, como dices, una clara divergencia estética. Y toda estética es una manera de pensar y sentir. Carpentier me deslumbra a veces, pero siempre me aburre. No aspiro a una imponente fachada, aspiro a una buena cocina y a un cuarto de baño con espejos.

Estatuas sepultadas no está mal, pero preferiría andar solo y no en su compañía. Durante los años sesenta, Memorias vivió en una soledad sonora. La película de Gutiérrez Alea, sin necesariamente quererlo Titón, se tragó a la novela. El tiempo, espero, reconocerá la primogenitura del libro. Ahora se publica por primera vez en España, en Mono Azul, en la colección Cazadores en la Nieve. Estamos en la nieve. Y en Cuba, como dijo Lezama, "el hielo es una reminiscencia". No está mal, o como dicen aquí, "vale". Lo que más me complace es que en Sevilla no aparece con una foto del Sergio de la película en la portada.

Durante más de treinta años, la novela vivió aplastada bajo el peso descomunal de lo real maravilloso y de las abrumadoras páginas de los demiurgos del boom. Por otra parte, el Partido, los funcionarios de la cultura, consideraron una blasfemia la visión de la revolución a través de los ojos de un intelectual pequeño-burgués.

This is cache, read story here