Como si el resto del año no fuera sino una larga preparación para el gran momento, nada ilustra mejor la nueva cultura de la belleza como la conversión estival de las playas en un escenario pautado por dos exigencias que ya afectan a ambos sexos: el antipeso y el antienvejecimiento. Nuestra ciudad, San Sebastián, nos sirve un extraordinario paradigma de esta evolución que no tiene nada de frívola. De aquellos tiempos de la Belle Èpoque, en que los cuidados cosméticos, los masajes y el ejercicio físico eran privativos de la elite, hemos pasado a la democratización absoluta de tales prácticas cuyo abanico de posibilidades resulta hoy inabarcable. Ahora bien, si en los locos años Veinte lo más vanguardista en glamour era poder exhibir un lápiz de labios, y en los Treinta un simple frasco de aceite solar, en este comienzo de siglo se ha producido una vertiginosa dislocación en las prioridades en la economía de la belleza. Su epicentro se ha desplazado de la sofisticación de los rostros a la primacía de los cuerpos. Y las playas se han convertido, como lo fueron los paseos antaño, en el gran escaparate de una sociedad obsesionada por la pureza de líneas, la levedad de las formas y el mito de la eterna juventud.

Por supuesto, la preocupación por parecer joven no es un fenómeno reciente. Sí lo es, sin embargo, la sacralización de la juventud que comenzó siendo una secreta obsesión femenina y hoy lo es ya también masculina. De no existir apenas en el mercado, los productos cosméticos para hombres alcanzan en este tiempo cerca del 25% de las ventas de las grandes marcas. No es cierto que frente al arquetipo del hombre metrosexual se esté imponiendo una tendencia regresiva sino todo lo contrario. La vigente propensión de muchos jóvenes y adultos a multiplicar sus horas de gimnasio, incluso a cruzar la línea roja de la cirugía plástica, delata una vez más el incremento de esa tendencia. También la cirugía, como los cosméticos, se ha democratizado hasta convertirse en una práctica de consumo descontaminada de todo prejuicio y exenta de todo tabú. Por cualquier pequeña imperfección, para quitarse kilos o arrugas, hoy cualquier ciudadano visita la fuente quirúrgica de la eterna juventud. No deja de ser inquietante, al hilo de todo ello, lo que se sustancia de esa obsesión por exhibir o poseer un cuerpo tan peligrosamente irreal como los que muestran los arquetipos publicitarios al uso. Esos cuerpos perfectos cuyas largas sombras proyectan mucho más de lo que, a primera vista, parecería una mera cuestión estética.

Aun a su pesar, y sea hombre o mujer, joven o viejo, todo aquel que acude a una playa lo hace con ojos de voyeur. Allá en el gran escaparate de arena, la forzada vecindad de los cuerpos invita a la complicidad de las miradas, pero también a una cierta competición. Lo preocupante no es tanto lo que se desea o lo que se envidia, ni siquiera las dinámicas que genera en ésta que es también la era de frustración y la ansiedad. La tiranía de la belleza filtra sus venenos de una manera sutil. En este tiempo en que la moda es cada vez menos homogénea y preceptiva, la única norma consensual, el único canon ante el que todo el mundo se rinde, se cifra en poder exhibir un cuerpo firme y esbelto a cualquier edad. Digamos que lo hacemos por mantener un buen tono de salud, por sentirnos mejor, porque nos gusta estar bien. Cuanto más intentemos afirmarnos en ideales de personalidad y de autenticidad, más elocuente se vuelve la presión del culto al cuerpo que nos homogeneiza a todos. Y así sucede que cuanto más creemos ser dueños de una gran autonomía personal, mayor es la exigencia de conformidad con la «anatomía social» implícita en la dictadura de los cuerpos publicitarios.

Gilles Lipovetsky sugiere una paradoja: en este tiempo, el auge del individualismo femenino corre parejo al incremento de la obsesión colectiva por poseer un cuerpo standard, a la medida de los que muestran los catálogos de bellezas clonadas. Rostros de tersura sintética, labios de carnalidad prefabricada, pechos y pómulos no altos, sino inflados de silicona, cuerpos de apariencia neumática semejantes a muñecos de látex. Ese cuerpo simple y perfecto, el cuerpo sin deseo y al mismo tiempo deseable, convertido en copia del maniquí de poliuretano que se exhibe en cualquier escaparate, ¿que es sino la consumación del «hombre unidimensional» profetizado por Marcuse, una escultura en carne viva de Arno Breker, los cuerpos con que sueñan todos los totalitarismos?

En el periodo de entreguerras, la duquesa de Windsor lanzó su célebre slogan: «ninguna mujer puede estar demasiado delgada o ser demasiado rica». Estaba anticipando con treinta años de adelanto la silueta anoréxica de Twiggy, de la misma manera que treinta años después, ya en los 60, comenzarían a triunfar los modelos adolescentes. Frente a las "maggiorattas" estilo Sofía Loren, las jóvenes de aire Nouvelle Vague, estilo Brigitte Bardot. Si hoy ya no hay mitos eróticos perdurables se debe a que el mito en sí mismo es la juventud, en cuya esencia está la fugacidad y la impermanencia. De Nicole Kidman a Claudia Schiffer, todas las ya «viejas glorias» tienen que adelgazar hasta la consunción para parecer tan jóvenes como Scarlett Johanson. Pero ésta tampoco sobrevivirá demasiado tiempo a la succión del escaparate, que no es sino la variante urbana del gran escenario de nuestro tiempo: las playas donde se expresa en toda su plenitud la gran divisa de Mies Van del Rohe, Less is more, Menos es más.

El triunfo del mínimal en el arte, en la moda, en el mobiliario, no es sino una extensión de esta tendencia que lleva a la simplificación de las formas y a la desnudez de los espacios. Ahora bien, la belleza, como la elegancia, no consiste tan sólo en una depuración de lo superfluo acentuada por una restauración quirúrgica de todo lo que ya no es joven. Así como hay cuerpos que se depuran por sí mismos, sólo con el tiempo, también hay rostros que embellecen a medida que se transparenta en ellos la hondura y la melancolía de lo vivido. Pierden juventud pero se embellecen con una mirada sabia, con una elegancia que no depende del vestuario, sino de la simple serenidad de su presencia en el mundo.

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