Mariana Gabriela nació el 25 de julio de2006 en uno de los hospitales más prestigiosos de Cuba, el González Coro en elVedado. Desde que su madre fue hospitalizada tres días antes en la sala depre-parto, hasta días después del maravilloso nacimiento de Marianita, elpersonal del González Coro me hizo un gran favor: me trataron exactamente comoa cualquier cubano, porfiándome incluso algunos el que tuviera raíces boricuasy acusándome vehementemente de ser un oriental avergonzado de sus orígenes. Seacomo sea, pasé durante ese período por muchas de las vicisitudes, incidencias,logros y emociones de cualquier padre cubano esperando el nacimiento de unahija. Sentado en los pasillos del hospital, durante largas horas de espera enlas afueras de esa magnífica instalación, en el sillón al lado de la cama deGabriela, en el patio del hospital y dando vueltas desesperadas por las cuadrasdel Vedado pude conocer una Cuba que nunca había visto tan de cerca. Allí compartícon doctores y enfermeras; con estrellas del deporte que esperaban elnacimiento de jimaguas; con cubanos que viven del salario en pesos; con otrosque viven de divisas; con vendedores ambulantes; con abogados y empleados deempresas estatales; con revolucionarios y cuenteros; con gente humilde y conalgunos -los menos- arrogantes y bulleros…Dos cosas aprendí en esos días: laextraordinaria calidad de la medicina gratuita en Cuba, y la absoluta certezade los pacientes de que se hará –a pesar de mil limitaciones- todo lo posiblepor la salud del familiar. Digo mil limitaciones con un grado de reserva:cuando se trata de neonatología, en Cuba no hay reparos. La bola –o comentariode calle- al respecto es que el asunto de la salud de los recién nacidos es sagradopara la Revolución y para Fidel. Mire señor –me dijo una doctora tres décadasmás joven que yo- su hija va a estar bien, se lo aseguro. Aquí está en lasmejores manos. Pero si había un grado de seguridad en las palabras de ladoctora, mayor era el sentimiento de certeza entre los familiares de lospacientes. Nadie pone en duda que la mejor atención médica es un derechoabsoluto de los cubanos…y sin que cueste un centavo.

Sobre la medicina cubana y el personaldel González Coro, me impresionaron dos cosas. En primer lugar, elprofesionalismo y el trato respetuoso, en particular, de las doctoras de parto.Esto lo sé de primera mano, pues compartí muchas conversaciones (y horas deespera) con ellas y porque estuve en el nacimiento natural de Mariana. Si bienme pareció portentosamente triste lo que el bloqueo hace a la medicina de Cuba,a la vez quedé sorprendido por la habilidad, dedicación, ingenio y humanidad dela medicina cubana. Cuba tiene una clase médica magnífica y revolucionaria,pues la inmensa mayoría de los médicos que conocí, no aceptan ni un café o unhelado de regalo (tampoco me aceptaron la divisa). La salud del pueblo está almargen de la perversión del dinero, y todo el mundo –hasta los que critican laRevolución- lo dicen con un aire de orgullo.

Lo segundo que me impresionó es elsistema de médicos de familia y aquí hablo con nombre y apellido: la doctoraMiriam, sentada allí en el Consultorio 19 de abril, en su oficina sin aireacondicionado, con su bata de medicina un poco descolorida por el pasar deltiempo, hablando de sus enfermos como si fueran su familia, en primer nombre ycon pleno conocimiento de sus preocupaciones y manías; luego, al terminar lasconsultas de la oficina, verla caminando a pie por las calles de La Timba -en unamisión tan importante como las internacionalistas- visitando los hogares de susenfermos, atendiendo a los viejitos que no llegan al consultorio, a ver cómovive Marianita, que todo eso es parte de la evaluación médica.

Pero si hay orgullo en los servicios delGonzález Coro, cuando llegas al William Soler, el sentimiento adquiere nivelesmonumentales: decir que el niño o la niña está en el William Soler, es decirque se acabaron los problemas. Es raro –sino imposible- hablarles a los cubanosdel trato médico en los hospitales de la isla de Puerto Rico- porque no tienenun marco de referencia. El Centro Médico de Río Piedras es inconcebible enCuba; las expectativas inmediatas de cualquier familia cubana en cuanto a saludestán mil millas por encima. La idea de un maratón para recaudar fondos paracirugía de emergencia, no les resulta comprensible. En Cuba, si una personanecesita una intervención quirúrgica compleja, bueno, se hace y se resuelve elasunto. Entonces, cuando llegas al William Soler, te pone triste la enfermedaddel niño pero te alegra estar en esas facilidades, rodeado de familiares que note dejan dudar un momento de la medicina cubana.

El doctor Ernesto Guevara de la Serna- elqueridísimo Che- no negaba que la Revolución Cubana era un barullo: el caos másperfectamente organizado del universo. Ciertamente, para quien llega de EstadosUnidos, donde impera una cultura estandarizada y esterilizada, Cuba parece unenredo premeditado. Incluso en sus postulados teóricos más sofisticados, laracionalidad cubana es ante todo visceral, mezcla única de pasión, creatividade inteligencia. Mire señor, siga al pie de la letra lo que dicen los médicos–me dijo una empleada del González Coro-, pero póngale un prendedor rojo en laropita para que no le echen mal de ojo a su niña. Como cosa de segunda opinión,hablé con un pediatra: Bueno, hágalo de todos modos, si usted cree en eso,también puede funcionar.

Es significativo que el Che viera a Cubacomo lo hizo, dada su preparación académica en Argentina, donde –según él– laintelectualidad vive obsesionada con la indiferencia emocional y lasapariencias de regularidad, orden y sabiduría. Todavía hoy, socialistas comoJulio Antonio Mella resultan exóticos y enigmáticos a pensadores marxistas tanprofundos como Néstor Kohan, por su interioridad y sus reflexiones nuncadesapasionadas o carentes de fogosidades y emociones efervescentes. Cuba esasí, pienso; y así seríamos los boricuas si fuéramos un pueblo culturalmentelibre.

La noche del 31 de julio de 2006 meacosté preocupado con la noticia de la enfermedad de Fidel, pero esperando comolos días anteriores no poder dormir. Estaba en casa de Gabriela, en la 37-entre Loma y Seis- a una esquina del Cementerio de Colón y del barrio másbullero de la Habana: La Timba. Además era verano y en esa época, en Cuba, laalgarabía es permanente, día y noche, con gritos, música, celebración yalboroto. La Habana se preparaba para su carnaval de 2006. Asombrosamente, lanoche del 31 de julio fue distinta, un silencio casi perfecto se apoderó de lascalles del Nuevo Vedado, como el que impera en el seno de una familia cuandohay un familiar enfermo y de cuidado y lo que manda es hacer lo que haya quehacer, sin perder el sentido de lo normal. La memoria del 23 de septiembre de2005 vino a mi mente, con un sentido urgente de que llegara la mañana, de quesaliera el sol. Al llegar el día, sin embargo, el peso del silencio y lanormalidad se hicieron más patentes. Toda Cuba se levantó como una sola, guiadacon el firme propósito de defender con cada detalle la normalidad propia de unpueblo que ha sabido superar, en más de una ocasión, escollos gigantescos. Elpan llegó como de costumbre; igual el periódico y los palitroques. Lo inusuales que no se trataba de algo hecho en función de consignas, de anuncios niproclamas emocionales, sino de un pedido sencillo, hecho en una proclamaigualmente llana, de que todo continuara igual; igual que ayer, como el díaanterior. Era en no poca medida un silencio ensordecedor, de una materialidadinmediata. Confieso que nunca había visto cosa igual. Estados Unidos, dondevivo, es el país por excelencia de los silencios, pero se trata en éste de unmutismo artificial, producto de barreras físicas que se alzan entre los patios,de gramas tan curtidas que invitan a todo menos a la visita y la amistad, dedistancias fundadas en conciencias volcadas a la interioridad vacía, pueril yefímera del mundo de las mercancías, al culto de la libertad negativa, de lalibertad de excluir espacial y socialmente, hasta con la marca del carro que seguía. Cuando hay una tragedia, sin embargo, los estadounidenses se lanzan a losextremos: la histeria o el desinterés, dependiendo de si afecta a Wall Street olos barrios pobres de New Orleáns. En Cuba, se ponen ecuánimes y firmes, conuna normalidad tan poco fingida que, hay que admitir, parece visceral.

Dentro del caos aparente de los díasanteriores, del ruido de la personalidad porfiadora de los cubanos en la calle,se fue materializando, pues, ante los ojos de todo el mundo aquella viejaadvertencia que el Che diera a los pensadores arrogantes que, como ErnestoSábato, cuestionaban la de los fundamentos pocos ortodoxos de la ideología dela Revolución: Lo que sí puedo asegurarles es que este pueblo es fuerte, porqueha luchado y ha vencido y sabe el valor de la victoria; conoce el sabor de lasbalas y de las bombas y también el sabor de la opresión. Sabrá luchar con unaentereza ejemplar (12 de abril de 1960). Esa mañana de agosto 1 de 2006,mientras las ondas de Radio Martí irrumpían ilegalmente en las emisiones deCuba, hablando incluso de una supuesta invasión, las palabras sabias del Che en1960 se hicieron sentir en la conducta de la gente de Cuba, desde los panaderoshasta el general. No es una impresión pequeña ésa de ver a un pueblorevolucionario y valiente actuar con determinación de hierro. El poder de esafuerza no se encierra en palabras, sino en conducta y detalles. Al final deldía, el Che tenía razón: todos los resortes que funcionan por su cuenta seajustaron mágicamente a una voluntad y organización central. A la cabeza de eseengranaje está el pueblo trabajador. Y con ese pueblo, Fidel y Raúl.

En su poema Hijo de la luz y de lasombra, Miguel Hernández describe la concepción, nacimiento y vida temprana desu hijo en términos de la interrelación de la luz y de la sombra. Para él, lahora del parto es la más rotunda hora, el momento en que, hablándole a lamadre, dice el poeta: estallan los relojes sintiendo tu alarido, se abren todaslas puertas del mundo, de la aurora y el sol nace en tu vientre, donde encontrósu nido.

No podría, aunque quisiera, ofrecer unadescripción más completa de un parto natural, del momento en que nace una hijao un hijo. Quizás podría mencionar, humildemente, la dialéctica compleja –carnal y a la vez espiritual– quesubyace al momento inmediatamente anterior al parto –la dinámica decontracciones, como dicen las doctoras cubanas, con sus pujes, respiroscontrolados y erupciones descomunales de fuerza femenina. Ser testigo de ello,es una maravilla. Decía Hegel que sin arriesgar la vida no se llega nunca a lafelicidad, y el parto es para la madre precisamente un encuentro intensamente poderosode la vida y la muerte: Y tú te abres al parto luminoso, entre muros que serasgan contigo como pétreas matrices, en las palabras de Miguel Hernández. Y elsol nace en tu vientre, donde encontró su nido.

No es extraño, pues, que el parto hayasido objeto de admiración por los grandes revolucionarios y poetas de nuestraAmérica y de todo el mundo. Son como las revoluciones, una cosa maravillosapero violenta. La vida y la muerte, las luces y las sombras se besan y seexcluyen en una especie de danza o ritual milenariamente ascendente donde losmuertos, con un fuego congelado que abrasa, laten junto a los vivos de unamanera terca.

This is cache, read story here