Cirugía de Ojos. Cirugia láser ocular.
Peras con manzanas...
Un trabajador de Pudahuel agrega que la mezcla de tantos menores tiene varios motivos: “Los chicos siempre cuentan que se arreglan con los pacos, entregándoles dinero o especies con el fin de aminorar el castigo. Entonces son derivados acá, que es un centro de protección, no de delitos. También, como los reclusos adultos, los menores se hacen caer por delitos menores cuando han hecho cosas gravísimas que les podrían significar cárcel. Se fondean acá”.
El centro está ubicado en la comuna de Pudahuel a un costado de los tribunales para menores. Al año pasan cerca de cinco mil niños, todos con historias distintas. Una de las primeras consecuencias de la mezcla es resumida por Pablo Fuentes, actual coordinador nocturno de Pudahuel, que accedió a hablar con LND: “Al poco tiempo de llegar al centro, niños primerizos imitan conductas carcelarias de sus compañeros más avezados cortándose las venas como protesta”.
La falla en Pudahuel parte desde la misma división que hay en las cinco casas donde viven los menores: tres para varones y dos para mujeres. Fuentes explica que la casa E de hombres es famosa por ser la más conflictiva. Un compañero de Fuentes reconoce, angustiado, que ahí muchas veces que “queda la escoba” debido a que adolescentes y niños con bajísimo compromiso delictual viven con otros que ya tienen un prontuario de delitos abultado. Del Basto agrega que es nefasto, pero que no se puede hacer más: “Las condiciones de infraestructura simplemente no alcanzan”, señala.
En la casa C, la mezcla también es compleja. Los menores tienen entre 9 y 14 años y hay habitantes de las caletas, mecheros, drogadictos, vagos y otros que ejercen el comercio sexual. Es la más violenta, aquí las peleas están a la orden del día. “Es por la edad; están justo en el período en que se comienzan a hacer valer por la fuerza”, indica Fuentes.
Un menor que pasó por este lugar recuerda que en una ocasión un chico llegó hasta el centro y ese mismo día hizo un arma con una cuchara. Rato después fue agredido por otro menor y decidió vengarse. “Le clavó el arma en la espalda al otro niño”, recuerda. Según cuenta, el agresor fue llevado directamente a una cárcel de menores.
La sicóloga infantil del Hospital San Juan de Dios, Ana María Morales, agrega que con este tipo de situaciones el menor termina reviviendo el motivo por el que supuestamente el Estado lo está protegiendo. “Por ejemplo, un niño abusado por su padre adulto ingresa a este medio y, a su vez, es abusado por niños mayores que tienen patologías, y revive así el drama que lo hizo ingresar. Es un círculo vicioso que se repite y se repite”, señala.
En la casa A, de mujeres, las edades van desde los 12 a los 17 años, e incluye a menores que llegan por prostitución, víctimas de violencia sexual, etc. Según los educadores entrevistados, las violaciones entre mujeres acá son comunes y rara vez se denuncian. “Se debe a que los menores hombres, que son machistas, las molestan con que eso no es violación y que en verdad les gusta. Entonces, para ellas es muy difícil el tema”, manifiesta un funcionario.
Esta actitud tiene como expresión máxima “las convivencias”, eufemismo que realmente designa las visitas que las niñas de la casa A hacen a los menores de la casa E. “Los menores nos dicen: traigan a las putitas, po tío”, explica un educador de Pudahuel. Ahí pasa de todo. Tienen relaciones sexuales en los pasillos, en los baños y en recovecos que ya se conocen de memoria. “Las autoridades se sientan en una mesa y ahí sólo se preocupan de que no se acuesten frente a sus ojos”, dice un educador. Si no hay convivencias, se vienen los motines, con incendios de las instalaciones incluidos.
De ahí en adelante, las convivencias se han restringido, pero el resultado quedó a la vista. En lo que va de año, Pudahuel registra dos menores embarazadas. Los funcionarios pudieron comprobar que ocurrió adentro debido a que llevaban internadas más de tres meses y el test de embarazo Pregnosticón señaló que sus futuras guaguas tenían un mes y medio de gestación.
“Ellos salen afuera y tienen relaciones sexuales igual. La autoridad no nos deja hacer clases de educación sexual ni tampoco repartir condones, que es donde se encuentra el meollo del problema”, explica Pablo Fuentes.
Aparentemente, las autoridades del Sename desconocen esta situación. A los menores de Pudahuel no se les practican exámenes de sida si es que no llegan desde afuera con una medida expresa en este sentido. “Pueden tener eso y mucho más. Enfermedades venéreas, etc.”, indica Fuentes.
Las embarazadas de las convivencias, como N.A. o C.S., son algunas integrantes del híbrido que componen rotativamente la enfermería de Pudahuel. No cuenta con personal especializado, más que una auxiliar de enfermería común para la sección de hombres y mujeres. Sólo hace seis meses se agregaron dos educadores para que ayudaran a cuidarlos, debido a los abusos constantes y la violencia que se vive adentro. “Generalmente, los encerraban por afuera durante gran parte del día. Ahí era la ley del libertinaje”, señala un funcionario del centro.
Según Fuentes, el problema es que nadie se quiere hacer cargo de los niños con retraso mental, esquizofrénicos, con sida, ni de las niñas embarazadas, debido a que las instituciones colaboradoras del Sename, como Coanil, sencillamente no quieren un cacho más, pues la subvención que reciben es limitada. “Acá se ve eso. Son menores cuyo tratamiento es muy costoso. Los medicamentos son caros”.
El tratamiento común para estos menores es amarrarlos a sus camas para evitar violencia cuando estos niños y jóvenes entran en crisis nerviosas. “Objetivamente, no tenemos la preparación para los casos que habitan en Pudahuel”, explica Pablo Fuentes, quien recuerda que tiempo atrás a un funcionario le fracturaron la mandíbula por intentar contener a un menor psiquiátrico. “A otro le tuvieron que hacer cirugía plástica luego de que lo golpeó varias veces en el rostro con un palo”.
En su lógica interna, algunos funcionarios explican que por lo menos antes la enfermería tenía la sala de aislamiento. Se trata de una habitación de dos por dos que cuenta con sólo una cama y cordones para amarrar a los menores con crisis nerviosas. Fuentes señala que fue clausurada debido a que era inhabitable. “No le cabía un hongo más. Era repugnante el olor ahí dentro”, explica un dirigente de Afuse.
Si bien los funcionarios señalan que las dosis de medicación se respetan, el caso del menor C.V. indica lo contrario. Escapó del centro y llegó hasta una casa de acogida que tenía su ficha médica. “Parecía dopado. Le preguntaron qué le sucedió y el menor dijo que le habían dado dos pastillas y media en la enfermería de Pudahuel”, cuenta una funcionaria que lo recibió. Según la ficha elaborada el 8 de mayo pasado en el Hospital Luis Calvo Mackenna, C.V. debería haber tomado sólo una pastilla y media de Clormazepina de 100 milígramos. Pocos días después, el menor intentó suicidarse en el interior de su casa.
“Los menores de esta sección llevan muchos años así, sin la posibilidad más mínima de rehabilitarse de alguna forma, porque la red de organizaciones externas al Sename tampoco funciona”, explica Del Basto.
Los menores encuentran todas las facilidades de parte del sistema para hacer lo que quieran al interior de este centro. Los casos de S.R., con 67 fugas, y de I.M., con 62, hablan de lo fácil que es escaparse. En el centro de Pudahuel no usan la palabra “fuga”, ya que no se trata de un centro de privación de libertad. Sin embargo, los menores no tienen permiso para salir por su voluntad. Sólo hace un mes, luego de un reportaje del programa “Contacto”, se quitaron los alambres de púas ubicados a más de tres metros de altura.
Pero el verdadero motivo para este régimen de “dejar ser” a los menores parece encontrarse en el testimonio de los propios funcionarios. “No se entra en contacto con ellos para evitar sumarios administrativos”, señala uno. Según ellos, es un sistema garantista a medias, ya que ante el más mínimo contacto físico, los menores alegan violencia en su contra, y esto da paso ineludiblemente a un sumario. No es poco si se considera que un proceso de este tipo en el sector público dura en promedio un año. “Durante todo ese tiempo, los trabajadores sólo reciben el sueldo base, que muchas veces no supera los 100 mil pesos. Esto se debe a que el Sename establece contratos de un año y los funcionarios construyen sus remuneraciones exclusivamente en base a las horas extraordinarias, las que durante el proceso de sumario no existen porque estás parado. Este sistema a contratas afecta al 95% de los trabajadores del Sename”, explica Del Basto.
Como consecuencia de este “dejar ser”, una gran parte de los menores que llegan hasta Pudahuel y que son adictos a las drogas, lo hacen al interior de las casas. Un educador reconoce que en su casa sucede en las habitaciones. Sin ningún impedimento salen por los techos, compran lo que necesitan y luego ingresan al centro. “Es casi una medida para que estén algo más tranquilos”, explica.
Este punto también fue denunciado por los trabajadores de El Arrayán en la carta que enviaron a las autoridades del Sename.
Como en la cárcel, los menores de Pudahuel conocen a los educadores como los gendarmes. En muchas ocasiones, los funcionarios se ponen la chaqueta. Actualmente, el educador de iniciales J.L. está sumariado debido a que una compañera de trabajo lo vio dejar que golpearan a un menor. “Se trataba de un primerizo que intentó robarse un DVD. El funcionario se molestó al punto que dejó que, como el robo afectaba a sus compañeros, le pegaran al menor mientras él miraba”, explica un trabajador de Pudahuel.
El caso pasó a mayores debido a que el menor quedó literalmente como membrillo de colegial. Luego de la paliza lo tuvieron que llevar hasta el SAPU de la comuna. Ahí lo vio el carabinero de guardia e informó al fiscal. El sumario está abierto y el destino del funcionario es incierto.
Pero esto no es todo: un funcionario de este centro se vio vinculado al caso Spiniak. Se trata de Julio Infante, quien nuevamente fue denunciado por funcionarios debido a que le habría ofrecido cuatro millones de pesos a uno de los menores protegidos en Pudahuel para que cambiara su testimonio respecto de Spiniak. Fue sumariado y posteriormente el Sename decretó su expulsión. Hace poco más de un mes hizo noticia en “La Cuarta”, debido a que estranguló a su suegra, que le adeudaba dinero.
El menú en Pudahuel se inicia a las ocho de la mañana. Consta de una taza de leche, un pan con margarina y “rara vez se ve el queso o el chancho”. A las doce almuerzan. Una vez a la semana comen una cazuela con menudencias de pollo. Otro día, papas con vienesas. “Sólo cada 15 días comen algo más decente, como un trozo de carne verdadera”.
“Está consignado en el libro de novedades que el pan de las colaciones llegaba con hormigas. Tenía unos seis días y si lo golpeabas contra una mesa sonaba como palo”, señala un educador de Pudahuel.
Como el dinero se agota conforme pasa el año, en las postrimerías las condiciones se vuelven cada vez más precarias.
“A fin de año, la plata se comienza a acabar porque cada director de centro administra sus platas. Por ejemplo, si nos llegan niños con problemas alimentarios, ahí no podemos hacer nada. Si el número de menores que llega aumenta, lo único que nos queda es echarle agua a la sopa”, dice Pablo Fuentes.
Aunque, producto de los alegatos de los funcionarios de Pudahuel, desde hace unos meses se realizan reparaciones parche, el estado de las instalaciones es el fiel reflejo de la situación en que viven estos niños. Un funcionario señala que los muros de todas las piezas están llenos de hongos. Los baños “pasan constantemente tapados. Las cerámicas están todas rotas. Está mal pensado porque los menores las utilizan para cortarse las venas”, agrega.
Además pasan frío. En invierno, la calefacción de una habitación de cerca de 200 metros cuadrados son dos estufas a gas, de las que se usan en cualquier casa. El piso en muchas partes está destruido debido a que lo sacan constantemente. Alicia del Basto recuerda que en una ocasión entró a un baño del centro junto a otros funcionarios: “Había un niñito haciendo caca a poto pelado frente a nosotros, al aire libre, porque no había puertas. Esa es una vulneración a sus derechos. Aunque ellos rompan la infraestructura no es argumento. Entonces, debería ser de otra calidad”.
Los materiales para los talleres, según Pablo Fuentes, la mayoría de las veces son pagados por ellos mismos. No alcanza más que para unas cuantas cartulinas y lápices para colorear. “Cuando pedimos fondos”, explica, “el Sename nos dice que no corresponde porque los niños deben pasar poco tiempo en el centro”. El problema es que para que estos menores accedan al Hogar de Cristo u otras instituciones colaboradoras que deberían recibirlos, necesitan cumplir ciertos requisitos. “Tienen que tener dos tutores, por ejemplo, para postular. Es muy difícil cuando estás hablando de niños de la calle”, agrega Fuentes. El resultado es que los niños se van quedando allí. Los menores que son violados, junto con ladrones y otros delincuentes, son rehabilitados en el mismo taller de dibujos.
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