Manuel Neila es un poeta casi secreto. Excelente traductor de Baudelaire y de Nerval, diligente e inteligente ensayista, editor de Sánchez Rivero y de Montaigne, su obra poética, a partir del inicial Clamor de lo incesante (1978) y de su inclusión en la antología Las voces y los ecos, prácticamente sólo se había dado a conocer en el volumen antológico Las líneas de la vida (1996). Ahora, con el título de Huésped de la vida (Llibros del Pexe), reúne por fin su poesía completa.

A pesar de aparecer en Las voces y los ecos, Manuel Neila no se ajusta demasiado a poética mayoritaria en esa antología, la que representan Miguel d'Ors, Eloy Sánchez Rosillo, Fernando OrtizVíctor Botas. Nada más ajeno a él que el coloquialismo o la ironía. Manuel Neila es un poeta de estirpe neorromántica. En su título inicial el magisterio más destacado es el de Vicente Aleixandre, un nombre al que por entonces comenzaban a volverle la espalda los poetas jóvenes. Luego se le añadiría Claudio Rodríguez, con su lírica exclamativa. Y más tarde, el Eugenio de Andrade de los poemas en prosa y el Cristóbal Serra de las parábolas orientalizantes. Sin olvidar, claro, la poesía francesa contemporánea, de Bonnefoy a Jaccottet. Ni a HölderlinNovalis.

El hecho de mantener inédita su poesía durante casi treinta años tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Manuel Neila ha conseguido lo que siempre soñó, sin conseguirlo, Juan Ramón Jiménez: que toda su poesía, incesantemente revisada y revivida, formara finalmente una unidad. «Huésped de la vida» se lee como un libro único. No hay notables diferencias de tono entre los primeros poemas y los últimos, bastantes textos podrían pasar de una parte a otra. Igual suenan los haikus de El transeúnte (1990) que los de Cantos de frontera (2000): «Vuelo de grullas. / El invierno se pliega / bajo sus alas».

El acierto de esta manera de ofrecer una obra poética es que elimina los errores del aprendizaje, las muestras de la inmadurez. El gran inconveniente es que, como en los rostros de mujer que se han sometido a una operación de cirugía estética, elimina las huellas del tiempo y lo que se gana en corrección se pierde en expresividad.

Manuel Neila es un poeta que no rechaza el tono sublime, al que tan alérgicos resultan la mayor parte de los poetas contemporáneos; tampoco el lenguaje convencionalmente poético. Por eso su dicción nos resulta en algunos momentos afectada y arcaizante.

La afectación, la falta de naturalidad, caracteriza a buena parte de la poesía de Manuel Neila, y es un rasgo que contribuirá, sin duda, a alejar a los lectores más apresurados. Se encuentra no sólo en sus poemas, también en las notas explicativas. La primera frase del prólogo, que el editor -con no demasiado acierto- ha utilizado de reclamo publicitario en la contraportada, dice así: «Como todos los jóvenes, descubrí la poesía, mucho antes que en los versos, en las hojas de la hierba, en los juegos de un niño o en la línea inalcanzable del horizonte». ¿Todos los jóvenes descubren la poesía de esa manera? No dan muchas ganas de seguir leyendo a un poeta que desde las palabras iniciales ya da muestras de andar por las nubes. Las notas finales resultan no menos afectadas. «Reúno en este libro -nos dice a propósito de Pasos perdidos- los poemas menos prescindibles de cuantos sirvieron a mi aprendizaje de poeta». Jaime Gil de Biedma, en Las personas del verbo, escribe a propósito de un soneto: «Es el último y el menos malo de los muchos en que serví mi aprendizaje de poeta». Parece excesivo llevar la intertextualidad hasta las notas a pie de página.

En un volumen que compendia en doscientas páginas casi treinta años de dedicación poética, sorprenden las repeticiones, no sabemos si deliberadas. Uno de los versículos de «Canción de frontera» dice: «Atemperan las estrellas, que no precisan de los hombres para existir, pero sin ellos no». Y un cercano aforismo repite: «Las estrellas no precisan de los hombres para existir. Pero sin ellos no serían estrellas». Hay otras reiteraciones semejantes: «Lo inesperado se produce a cada instante. Pero nosotros rara vez estamos allí para comprobarlo», se lee en el primer aforismo de la serie «El sol que sigue», y pocas páginas después el poema «Encuentro en Roma» comienza: «Lo inesperado sucede a cada instante, pero nosotros rara vez estamos allí para comprobarlo». Quizás a Manuel Neila le habría hecho falta la colaboración de un editor, en el sentido anglosajón del término: el propio autor, por mucho sentido autocrítico que tenga, no es con frecuencia capaz de disponer adecuadamente su obra para que desarrolle toda su virtualidad ante los lectores.

El sol que sigue, último libro y el más extenso del volumen, está formado por poemas en prosa y aforismos. De Baudelaire a Borges (sin olvidar a Azorín), conoce bien Manuel Neila la técnica del poema en prosa. Y algunos de los suyos son, ciertamente, admirables: «Escrito en el agua», «Los olivos», «Canción de Rialto». Otros no tanto: dejan demasiado espacio para la enfática vaguedad. Los mejores, ocurre a menudo, son los menos pretenciosos, los redactados con mayor naturalidad.

Siempre correcto, con frecuencia un tanto evanescente, Manuel Neila es, no importa los reparos que puedan hacérsele, un poeta verdadero, ambicioso y hondo. Sabe cultivar el poema extenso, de aliento neorromántico, en la línea unamuniana y cernudiana de la poesía de la meditación, tan bien estudiada por Valente (es el caso de «Una mirada»), pero también se muestra como un maestro de la miniatura en los numerosos haikus y tankas: «Otoño antiguo: / el rumor de las hojas / sigue sonando. / He cerrado los ojos / y he podido ver claro».

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